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Su incidencia se estima en un 2-7%. Algunos signos traumáticos pueden considerarse «normales», como el caput sucedaneum, el edema y las petequias de las partes procidentes en el parto, las hemorragias subconjuntivales y la hiperostosis «fisiológica».

De los traumatismos patológicos uno de los más frecuentes es la fractura de clavícula que no requiere tratamiento con excepción de reposo, sin que sea necesario colocar al niño en ninguna posición especial. También suele ser de evolución benigna el cefalohematoma.

La parálisis del facial suele producirse por la compresión sobre la apófisis mastoides. En la mayoría de los casos tiene una evolución benigna y se resuelve en 3-4 semanas, sin tratamiento. La parálisis braquial se manifiesta por la posición del brazo caído, en aproximación, rotación interna y pronación, sin movimiento (el reflejo de Moro será asimétrico).

Se debe realizar un diagnóstico diferencial con otras lesiones de hombro y brazo, así como con la seudoparálisis luética de Parrot. Las formas leves se recuperarán espontáneamente en 15-30 días. Si no se produce la curación después de este período debe instaurarse tratamiento rehabilitador por un especialista.


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La incidencia anual para Estados Unidos es de unos 14.000 casos, de los cuales 10.000sobreviven al evento inicial. De este grupo, el 10% fallece durante la internación por aparición de complicaciones.

Aproximadamente el 50% de los traumatizados raquimedulares tienen menos de 25 años, y el 80% son hombres.

Entre el 40 y 50% son consecuencia de accidentes de tránsito, le siguen en frecuencia las caídas, accidentes deportivos, sobre todo en nadadores (lesión por zambullida) y heridas penetrantes por arma blanca o proyectil.

En las últimas dos décadas el pronóstico de estos pacientes ha mejorado, entre los factores involucrados se destacan: el mejor manejo pre hospitalario dado por las unidades de emergencia móviles, el uso de antibióticos para tratar las complicaciones infecciosas (sobre todo urinarias y respiratorias), y la existencia de unidades de trauma altamente especializadas.


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El traumatismo encéfalo craneano (TEC) constituye un grave problema sanitario, sus características de epidemia se vincula directamente al aumento del transporte automotor y de los accidentes de tránsito. La mortalidad y morbilidad por TEC es muy significativa a pesar de los avances diagnósticos y terapéuticos.

El edema cerebral post traumático es la acumulación de agua en diferentes compartimentos, lo que determina aumento del volumen encefálico, aumento de la presión intracraneala (PIC) y los desplazamientos de las distintas estructuras intracranealas. Además genera disfunciones celulares locales por alteraciones iónicas o metabólicas.

Se reconocen distintos tipos de edema cerebral, el más frecuente vinculado a fenómenos traumáticos es el vasogénico, por salida de electrolitos, agua y macromoléculas al tejido a través de los capilares dañados por el traumatismo. Este líquido se acumula en forma progresiva expandiéndose a través de la sustancia blanca, aumentando de esta forma el volumen inicial de la lesión, y favoreciendo la elevación de la presión intracraneala.

 


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Por su volumen, constitución y ubicación, el hígado esta expuesto a ser lesionado en los traumatismos que toman el abdomen y la base del tórax.

En los traumatismos hepáticos predominan los síntomas de hemorragia interna con reacción peritoneal. La pared abdominal o base del tórax con frecuencia se observan, en la zona del trauma, equimosis, hematoma y heridas, acompañadas también de fracturas costales.

El laboratorio puede mostrar leucocitosis asociada a anemia y alteraciones de algunos de los elementos del hepatograma; en el examen del líquido obtenido por punción abdominal se hallan componentes de la bilis, enzimas pancreáticas y sangre.

Como métodos complementarios de diagnostico debe recurrirse al estudio radiográfico del tórax y abdomen, tomografía computada (gold Standard) incluyendo exámenes contrastados de órganos huecos vecinos buscando elevación del diafragma, desplazamiento y perforaciones viscerales o fracturas costales.