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Se considera como resultado de la incapacidad persistente o recurrente para la obtención y mantenimiento de las respuestas de lubricación y tumescencia de la fase de excitación hasta la finalización de la actividad sexual (DSM-IV).

Suele ser un trastorno acompañado de alteraciones del deseo sexual y/o de la fase orgásmica, con escasa incidencia como un fenómeno aislado. La frecuencia citada en la práctica clínica alcanza del 30 al 60% según los autores, lo que pone de relieve la significación del trastorno de la excitación en las mujeres.

Respecto a las causas orgánicas que puede originar el trastorno, se han citado principalmente las alteraciones neurológicas y hormonales, así como los períodos del puerperio y la menopausia. En los aspectos psicológicos se señalan entre otros los factores relacionados con la ignorancia o el desconocimiento sexual, sensaciones de vergüenza ante la excitación sexual, un contexto situacional antierótico, una pobre relación de pareja o circunstancias de temor anticipatorio ante un fracaso sexual y la ansiedad para un buen rendimiento sexual.

La intervención terapéutica sugerida tras un diagnóstico diferencial de los procesos orgánicos, precisa el aporte de información general y educativa. La estrategia terapéutica consiste en técnicas de focalización sensorial, habilidades de autoestimulación e interacción sexual progresivas con la pareja, además del entrenamiento de la musculatura pubococcígea perineal (ejercicios de Kegel). En general, se refiere un pronóstico satisfactorio en un 75-80% de los casos.


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Define una situación de rechazo extremo e irracional, persistente o recurrente hacia el sexo con la evitación de todo o casi todo contacto sexual (DSM-III-R, DSM-IV). En algunas situaciones no es una aversión global sino ante determinadas actividades sexuales.

Existen pocos datos de la frecuencia del trastorno, siendo en todo caso extremadamente bajo (p. ej., 143 casos en el Instituto Masters y Johnson entre 1972 y 1980; 3,75% de las mujeres atendidas por disfunción sexual en el Área 9 de la Comunidad Valenciana en el período 1992/95, Hurtado, 1996).

Frecuentemente presenta un comienzo insidioso, sugiriéndose diferentes posibilidades: experiencias sexuales previas muy negativas o traumáticas (abuso sexual, violación), educación extremadamente restrictiva, conflictos del núcleo familiar o situaciones de «presión» sexual del otro miembro de la pareja sobre el paciente disfuncional, psicopatología severa individual o conflictos de la identidad u orientación sexual.

La participación terapéutica debe implicar una primera oferta de información básica y la actuación del nivel especializado en cuanto a terapias de carácter farmacológico, con técnicas de modificación de conducta o técnicas de desensibilización sistemática.


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Las alteraciones de la función sexual son frecuentes aunque como motivo de consulta específico resultan inhabituales en Atención Primaria. Un problema sexual se identifica porque el paciente lo relata explícitamente, porque se objetive en el seno de una evaluación clínica rutinaria, o surgiendo en la investigación de otro trastorno consultado por el paciente.

Se han citado porcentajes de disfunción sexual global hasta en un 50-75% del total de parejas heterosexuales, en un 35-60% de las mujeres y en el 40% de los hombres. Se considera que un 1-10% de los pacientes de Atención Primaria puede consultar algun tipo de disfunción sexual, siendo similar el porcentaje de relaciones sexuales insatisfactorias (5-10%) observadas en parejas estables sin patología sexual previa y como consecuencia de la propia variabilidad de la expresión sexual.

Hay que considerar que no todo problema de orden sexual se acompaña necesariamente de una vivencia disfuncional, ya que influyen factores adaptativos personales o relacionales.


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Definida por la aparición de dolor genital durante el coito (en ocasiones, anterior o posterior a la relación), con una presentación variable según las actividades sexuales realizadas, y con diferente intensidad o sensaciones (escozor, quemazón, dolor, etc.).
La aparición de dispareunia suele acompañarse de vaginismo, por lo que los datos suelen referirse conjuntamente. Es sin duda, un trastorno de mayor frecuencia en la mujer, aunque el hombre también puede manifestar problemas disparéunicos. Se han citado porcentajes de un 10-30% del total de problemas sexuales consultados en la mujer, apareciendo regularmente en un 1-2% durante la relación coital y en el 15% de las mujeres alguna vez al año.

En su etiología los factores orgánicos adquieren una especial importancia, con diversas circunstancias pueden implicar una dispareunia (en un 10-40% de las ocasiones), por lo que el examen genitourinario debe realizarse sistemáticamente en estos pacientes. Los aspectos psicológicos citados se agrupan en factores relacionados con el aprendizaje sexual (información previa escasa, sentimientos de culpabilidad o vergüenza, aspectos morales o culturales restrictivos, temor a la relación sexual o al placer, valoración negativa de la sexualidad), factores traumáticos (evocación o temor al dolor sufrido en relaciones previas o secundario a experiencias sexuales violentas) y factores de la relación de pareja (incomodidad con el compañero sexual, tensión asociada a una experiencia sexual nueva, estimulación precoital y técnicas de actividad sexual deficientes, actividades sexuales agresivas o prácticas sexuales no coitales, ambiente sexual inapropiado o relación sexual apresurada).

El plan de actuación terapéutica debe atender la evaluación médica tanto como la psicológica, dada la elevada presentación de factores orgánicos en su aparición. Al margen de la corrección del problema orgánico subyacente, debe ofrecerse una información educativa adecuada. Las terapias sexuales (si se precisan) inciden en técnicas de focalización sensorial y terapias de desensibilización sistemática progresiva (adecuar la respuesta de excitación en un contexto de relajación y adiestramiento de las actividades sexuales). El pronóstico terapéutico depende de su origen, estimándose que los casos exclusivamente psicógenos alcanzarían un resultado favorable hasta en el 80% de los casos.


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Se considera como resultado de la incapacidad persistente o recurrente para la obtención y mantenimiento de las respuestas de lubricación y tumescencia de la fase de excitación hasta la finalización de la actividad sexual (DSM-IV).

Suele ser un trastorno acompañado de alteraciones del deseo sexual y/o de la fase orgásmica, con escasa incidencia como un fenómeno aislado. La frecuencia citada en la práctica clínica alcanza del 30 al 60% según los autores, lo que pone de relieve la significación del trastorno de la excitación en las mujeres.

Respecto a las causas orgánicas que puede originar el trastorno, se han citado principalmente las alteraciones neurológicas y hormonales, así como los períodos del puerperio y la menopausia. En los aspectos psicológicos se señalan entre otros los factores relacionados con la ignorancia o el desconocimiento sexual, sensaciones de vergüenza ante la excitación sexual, un contexto situacional antierótico, una pobre relación de pareja o circunstancias de temor anticipatorio ante un fracaso sexual y la ansiedad para un buen rendimiento sexual.

La intervención terapéutica sugerida tras un diagnóstico diferencial de los procesos orgánicos, precisa el aporte de información general y educativa. La estrategia terapéutica consiste en técnicas de focalización sensorial, habilidades de autoestimulación e interacción sexual progresivas con la pareja, además del entrenamiento de la musculatura pubococcígea perineal (ejercicios de Kegel). En general, se refiere un pronóstico satisfactorio en un 75-80% de los casos.


De acuerdo a un estudio realizado en Uganda, se dice que los hombres que lavan sus genitales justo después de haber mantenido una relación sexual no protegida tienen más riesgo de sufrir un contagio de VIH.
Esta investigación, que fue presentada en la última Conferencia Internacional sobre VIH realizada en Sydney, muestra que los hombres que se lavan al menos 10 minutos después del coito tienen menos probabilidad de sufrir una infección por el virus del sida que aquellos que lo hacen justo después.
El estudio realizado, con 2.552 varones no circuncidados en el distrito de Rakai, en Uganda (en la que los participantes oscilaba entre los 15 y los 49 años) se observó que los varones que se lavaron en los tres minutos siguientes a la relación presentaron un riesgo de infección por el VIH del 2,3% frente al 0,4% de aquellos que al menos tardaron 10 o más minutos en asearse.

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Según el Informe Durex de Bienestar Sexual, los españoles tienen más capacidad para llegar al orgasmo que los habitantes de otros países y una media de 118 contactos sexuales al año.

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