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En la pubertad, el aumento de secreción de hormonas sexuales introduce una serie de profundas modificaciones: cambios en los órganos sexuales, en los segmentos corporales, en el psiquismo, maduración ósea y una aceleración del crecimiento, que se traduce en una curva de velocidad de crecimiento con un pico de talla y peso que puede alcanzar de 8 a 12 cm y de 8 a 11 kg por año.

En las niñas, el crecimiento máximo se produce durante el primer año de la pubertad, coincidiendo con el inicio del desarrollo mamario, y ganando como media unos 7,5 cm. Durante el segundo año el incremento es de 5,5 cm y la mayoría se encuentran en fase de desaceleración cuando se presenta la menarquía.

En el hombre el estirón se inicia algo más tarde y en un estadio de la pubertad más avanzado, siendo la ganancia de talla durante el primer año de unos 8,7 cm y de 6,5 cm en el segundo. El crecimiento longitudinal continúa, aunque más lentamente, durante 3 años más.

Durante el desarrollo puberal pueden existir cambios en el percentil previo (incremento de los percentiles), pero generalmente la talla adulta corresponderá a la del percentil («carril») por el que crecía durante el desarrollo prepuberal.


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La nutrición es tal vez el segundo factor en importancia. Influye en el desarrollo fetal y después del nacimiento, en la velocidad de crecimiento, en la maduración ósea y en el desarrollo de la pubertad.

La alimentación en los primeros años de vida es esencial. La desnutrición global es rara en España, pero puede observarse una desnutrición selectiva proteica entre el destete y los 5 años. Los déficit de minerales y vitaminas (p. ej., yodo, vitamina D, etc.) afectan también el crecimiento.

El retraso que se observa en las enfermedades crónicas es, así mismo, consecuencia de una malnutrición, deficiente utilización de los nutrientes o gasto inadecuado. Si desaparecen las condiciones nutricionales desfavorables, puede alcanzarse una talla normal en pocos años, pero la recuperación ya no llegará a ser completa si la duración del trastorno se ha prolongado.


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Su influencia sobre el crecimiento en longitud es moderada, pues a diferencia de la GH no tienen ningún efecto sobre la proliferación celular pero son de extrema importancia para la maduración ósea y el desarrollo del sistema nervioso central.

En el hombre el desarrollo y la mielinización del sistema nervioso central se producen desde la mitad de la gestación al segundo año de vida posnatal. Si el déficit de hormonas tiroideas se produce cuando se han completado estos procesos sólo ocasionará un intenso retraso estatural y de maduración ósea, sin déficit intelectual.

Además de un efecto directo sobre el hueso, las hormonas tiroideas estimulan la liberación de GH por la hipófisis, aumentan la concentración de IGF-I y potencian la acción de la IGF-I sobre los tejidos periféricos.


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Las acciones de la GH están mediadas a través de péptidos conocidos como somatomedinas (Sm) o insulin-like growth factor (IGF), que tienen una estructura similar a la insulina humana y se sintetizan fundamentalmente en el hígado. En el plasma humano se han aislado dos IGF (la IGF-I o somatomedina C y la IGF-II). Actúan estimulando el crecimiento del cartílago favoreciendo la incorporación de sulfato a los mucopolisacáridos; y a la vez ejercen un control negativo sobre la liberación de las hormonas hipotalámicas (GHRH, SS) y de la GH.

Las concentraciones de SmC/IGF-I son dependientes de la GH y, además, varían con la edad, siendo bajos en las etapas iniciales de la infancia, máximos en la adolescencia y descienden a partir de los 50 años.

Las somatomedinas están bajo otras influencias, además de la GH: los estados de malnutrición, las enfermedades crónicas, el ayuno o la diabetes producen su disminución y, por el contrario, están elevadas en los niños obesos.


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El desarrollo del niño puede verse afectado por un buen número de circunstancias sociales y familiares, y es frecuente la talla baja como resultado de una condición social insuficiente, el desempleo, la familia numerosa (las tallas son inferiores en familias con más de 5 hijos), el hacinamiento y la vivienda con escasas condiciones higiénicas.

El crecimiento es tanto más rápido y se completa antes cuando más favorables son las condiciones socioeconómicas en que vive el niño; las diferencias de talla observadas entre niños brasileños de clases acomodadas y los de las favelas es de 5 cm, para alcanzar hasta 12 cm en los niños de 7 años de India o Guatemala.

La carencia de afectividad (orfandad, abandono, etc.) puede conducir a trastornos de la personalidad y a un retraso de crecimiento. Los autores ingleses consideran que una de las causas más importantes de talla baja es la privación psicoafectiva (Parkin, 1989). La calidad de los cuidados maternos en los primeros años de vida son, así mismo, decisivos en la evolución somática del niño. Una intervención social adecuada mejora el pronóstico de crecimiento.