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La pancreatitis aguda se presenta clínicamente como un cuadro de dolor abdominal agudo, localizado habitualmente en epigastrio e irradiado a ambos hipocondrios o en cinturón hasta la espalda.

Junto con el dolor, los pacientes presentan frecuentemente náuseas y vómitos, y no es infrecuente la falta de emisión de heces y gases. A la exploración física el abdomen puede estar distenido, con una disminución de ruidos intestinales y dolor a la palpación de hemiabdomen superior; no es rara la presencia de taquicardia e hipotensión, así como fiebre que, en esta fase inicial de la enfermedad, suele ser de origen tóxico- inflamatorio, no infeccioso, salvo en casos de colangitis asociada.

La aparición de una coloración azulada peri umbilical (signo de Cullen) o en los flancos (signo de Turner) es muy infrecuente, pero es un indicador de gravedad. La auscultación respiratoria puede revelar una disminución del murmullo vesicular en las bases pulmonares como consecuencia de atelectasias o derrame pleural.


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Por su volumen, constitución y ubicación, el hígado esta expuesto a ser lesionado en los traumatismos que toman el abdomen y la base del tórax.

En los traumatismos hepáticos predominan los síntomas de hemorragia interna con reacción peritoneal. La pared abdominal o base del tórax con frecuencia se observan, en la zona del trauma, equimosis, hematoma y heridas, acompañadas también de fracturas costales.

El laboratorio puede mostrar leucocitosis asociada a anemia y alteraciones de algunos de los elementos del hepatograma; en el examen del líquido obtenido por punción abdominal se hallan componentes de la bilis, enzimas pancreáticas y sangre.

Como métodos complementarios de diagnostico debe recurrirse al estudio radiográfico del tórax y abdomen, tomografía computada (gold Standard) incluyendo exámenes contrastados de órganos huecos vecinos buscando elevación del diafragma, desplazamiento y perforaciones viscerales o fracturas costales.


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La laparoscopía permite evaluar la presencia de masas pélvicas abdominales, el dolor, los períodos menstruales anormales, la infertilidad femenina, las metástasis del cáncer y el traumatismo abdominal.

El procedimiento también se puede utilizar para realizar la ligadura tubárica como método de control natal.

El procedimiento consta después de aplicar anestesia local o general, se hace una pequeña incision en la pared abdominal dentro, o justamente por debajo del ombligo. Se inserta un trócar por la incisión y se inyecta gas en forma lenta hasta distender el abdomen (esto abre un espacio dentro del abdomen para una mejor visualización y una manipulación más fácil de los instrumentos.

Después de extraer el tocar, se inserta un laparoscopio (tubo con luz) a través de la incisión, de tal manera que el médico pueda observar los órganos pélvicos y abdominales.

Así mismo se pueden introducir otros instrumentos como fórceps, probetas y tijeras pequeñas a través de una segunda incisión que por lo general se realiza en el borde del vello púbico.